
Columna de Arturo Núñez: “Un profesor feliz”
Se puede vivir contento como profesor de tenis, sin nunca haber formado a un gran jugador.
Es posible estar conforme, sin jamás haber dirigido a un profesional.
No hace falta haber estado alguna vez a cargo de una reputada academia, ni viajar por el mundo, para llenarse de satisfacción como entrenador.
Es legítimo no interesarse por el éxito y sus pesadas responsabilidades.
No es necesario ganar mucho dinero, para que ser profesor se considere un trabajo digno.
Resulta posible para un entrenador encontrarse apto para enseñar, sin ser un sabio, dictar cursos, ni que su palabra sea ley.
No es imprescindible para realizarse de manera plena como profesor, el competir por ser el número uno, el más conocido o popular.
De acuerdo a sus prioridades, es válido que a un entrenador no le atraiga acumular prestigio, despertar admiración o convertirse en referente de su pares.
Quizás es mejor atesorar la gratitud de los alumnos y no esperar algo que tal vez no llegue nunca, pues el tenis es injusto si de reconocimientos se trata.
Se puede ser feliz como profesor de tenis trabajando en un club pequeño, con alumnos de nivel recreativo, con un horario razonable y un sueldo que cubra lo esencial.
No es imperativo obtener resultados sobresalientes, para enorgullecerse de ser entrenador.
Solo basta con saber, al final de la jornada, que se hizo sentir bien a los alumnos y que no salieron de la cancha igual que como entraron, sino que se llevaron algo valioso en lo técnico o humano.
Se puede ser bueno, regular o malo como entrenador, pero si se dio lo mejor de uno mismo con las herramientas disponibles, no hay nada que reprocharse.
Basta una raqueta, un canasto, conocimientos, calidad como persona, pasión por el tenis, alumnos y una cancha.
Nada más.
Se puede sentir satisfacción como entrenador, solo por el hecho de haber elegido ese camino y recorrerlo a través del tiempo.
Hacer lo que se ama, y vivir de eso, debiera ser motivo suficiente para ser feliz, aunque no haya riqueza, fama, ni premios.
La vida es simple.
Es uno el que la vuelve complicada, exigiéndole más de lo que necesitamos.
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